Es habitual que la ciencia se enseñe dando respuestas en lugar de estimular la formulación de preguntas.

Según un estudio publicado en 2012 por investigadores de la Universidad de California, los niños piensan de forma muy similar a la que se emplea en la ciencia. Cuando se enfrentan a los problemas y deben tomar decisiones, los niños formulan hipótesis, hacen inferencias causales y aprenden a partir de la estadística y la observación, métodos que los convierten en “pequeños científicos”.

Sin embargo, es habitual que la ciencia se enseñe dando respuestas en lugar de estimular la formulación de preguntas, y las materias científicas acaben siendo arduas y tediosas. Frente a los métodos de la vieja escuela, nuevos proyectos se abren paso en las aulas con un paradigma diferente para la enseñanza, en el que los alumnos investigan, analizan, crean, plantean hipótesis, experimentan, descubren y comunican.

El objetivo es que los niños aprendan a aprender, ya que no se sabe lo que necesitarán dentro de diez años. “Los contenidos son muy importantes, pero sobre todo lo es la forma en que se adquieren”, señala la coordinadora.

Su opinión concuerda con el caso que cuenta en una charla TED Stuart Brown. Según relata el psiquiatra y fundador del Instituto del Juego, algunos expertos del Laboratorio de Propulsión de Jets de la NASA observaron que sus ingenieros más jóvenes tenían dificultades para enfrentarse a problemas inesperados, y concluyeron que esto se debía a que de niños no habían trabajado con las manos, habían jugado y experimentado poco. Desde ese momento, incluyeron en sus entrevistas de trabajo preguntas sobre la infancia de los candidatos.

El objetivo de los nuevos métodos educativos es que los niños aprendan a aprender y desarrollen sus propias herramientas para conocer el mundo.

Los niños y niñas de Educación Infantil interiorizan su experiencia de una forma propia, al menos parcialmente: construyen sus propios significados. Estas “ideas” personales influyen sobre la manera de adquirir la información. También encontramos esta forma personal de los fenómenos en el modo de generarse el conocimiento científico. Las observaciones que hacen los niños/as y sus interpretaciones de las mismas también están influidas por sus ideas y expectativas.

Desde estas edades es necesaria la experimentación con los objetos y materiales de su entorno. En la vida cotidiana de los niños/as hay infinidad de vivencias que pueden favorecer una actitud científica hacia el conocimiento. Un día de lluvia, el crecimiento de una planta, un rayo de sol que entra por la ventana, un objeto que flota en un recipiente con agua…, etc. Son sucesos y oportunidades de las que se pueden extraer muchos conocimientos.

Si desde temprana edad favorecemos el desarrollo de una imagen de la ciencia que atienda y respete sus características más relevantes y que sea adecuada a las edades de los alumnos/as, promoveremos en ellos la conciencia de lo que las actividades relacionadas con la ciencia significan. Debemos presentarles actividades que les resulten tractivas, motivadoras e interesantes y a las que encuentren significado. Actividades que no estén descontextualizadas, sino que sean actividades relacionadas con su vida cotidiana, con lo que conocen, con lo que pueden ver, manipular y experimentar tanto en el aula como en casa.

Se trata de introducir desde los primeros años de la escolarización la necesidad de conocer el mundo que nos rodea desde la perspectiva de las ciencias y crear en los alumnos/as una actitud de curiosidad e interés por saber y conocer.

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